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No, el duelo no tiene cinco etapas obligatorias

1 sept
14 min de lectura


Negación. Enojo. Negociación. Depresión. Aceptación.


Probablemente ya conocés la lista.

Las llamadas cinco etapas del duelo están por todos lados: en redes sociales, libros de autoayuda, notas periodísticas, hospitales, películas, páginas de psicología y hasta en conversaciones cotidianas. Después de una muerte, no es raro escuchar cosas como “todavía está en negación”, “ya va a llegar a la aceptación” o “volvió a la etapa del enojo”.

La idea es tan conocida que parece una descripción científica establecida de cómo funciona el duelo.

Pero no lo es.


La investigación sobre duelo no muestra que las personas atraviesen obligatoriamente cinco etapas emocionales, ni que tengan que hacerlo en un orden determinado. Algunas pueden experimentar negación, enojo, negociación, tristeza profunda o aceptación. Otras pueden experimentar solo algunas de esas cosas. Pueden aparecer juntas, desaparecer, volver meses después o no aparecer nunca.

Una revisión crítica en español publicada en 2024 concluye justamente que no existe evidencia suficiente para sostener una interpretación estricta de las cinco etapas como una secuencia sucesiva y universal. Su autor también advierte que presentar el modelo de esa manera puede terminar generando expectativas dañinas sobre cómo una persona debería vivir el duelo.


El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, en su revisión clínica disponible en español, llega a una conclusión parecida: aunque existen ciertos patrones y reacciones frecuentes, no hay un proceso lineal predeterminado por el que todas las personas tengan que avanzar.

Entonces, ¿de dónde salió esta idea?

Y, quizás más importante: ¿cómo terminó convirtiéndose en una especie de reglamento emocional?


Las cinco etapas no empezaron como una ley universal del duelo


El modelo está asociado a la psiquiatra suizo-estadounidense Elisabeth Kübler-Ross, que publicó On Death and Dying en 1969, conocido en español como Sobre la muerte y los moribundos.

El contexto original importa muchísimo.

Kübler-Ross estaba trabajando con personas gravemente enfermas que enfrentaban la posibilidad de su propia muerte. Su obra surgió de entrevistas clínicas y seminarios en los que pacientes terminales hablaban sobre sus miedos, necesidades, enojo, esperanza y experiencia de morir en un sistema médico que muchas veces evitaba hablar directamente de la muerte.

De ahí surgieron las categorías que hoy reconocemos: negación, ira o enojo, negociación, depresión y aceptación.

Pero incluso acá hay que hacer una corrección importante.

La versión popular suele representar esas categorías como cinco casilleros consecutivos:

1 → 2 → 3 → 4 → 5

Primero negás. Después te enojás. Después negociás. Después te deprimís. Finalmente aceptás.

Sin embargo, ni siquiera la presentación original de Kübler-Ross exigía semejante rigidez. Ella reconocía que distintas respuestas podían superponerse, aparecer simultáneamente o no presentarse en absoluto.

Al mismo tiempo, tampoco es del todo correcto repetir otra frase que circula mucho cuando se intenta desmentir el modelo: “Kübler-Ross jamás habló del duelo por la muerte de otra persona.”

Eso es demasiado simple.

Su trabajo original estaba principalmente centrado en personas que enfrentaban su propia muerte. Pero décadas después, Kübler-Ross y David Kessler publicaron On Grief and Grieving, traducido como Sobre el duelo y el dolor, donde aplicaron explícitamente las cinco categorías al duelo después de una muerte.

La corrección histórica más precisa es esta:

las cinco etapas nunca fueron establecidas empíricamente como una secuencia universal que toda persona en duelo tiene que completar.

Eso es bastante distinto de decir que Kübler-Ross jamás habló del duelo.


El problema no son necesariamente las cinco emociones


Negar una realidad insoportable durante un tiempo puede ocurrir.

Sentir enojo puede ocurrir.

Pensar “si tan solo hubiera hecho esto…” o “ojalá hubiera pasado aquello…” puede parecerse muchísimo a lo que el modelo llama negociación.

Una tristeza profundísima puede aparecer.

Y también puede aparecer alguna forma de aceptación.

Nada de eso es particularmente controversial.

El problema aparece cuando experiencias que pueden existir se convierten en experiencias que deben existir.

Margaret Stroebe, Henk Schut y Kathrin Boerner revisaron los principales modelos contemporáneos de afrontamiento del duelo y fueron especialmente críticos con este uso del modelo de Kübler-Ross. Señalan que no existe evidencia de que todas las personas atraviesen las cinco etapas ni de que pasar por ellas esté asociado necesariamente con una mejor adaptación a la pérdida. También advierten que sugerirle a alguien que tiene que pasar por estas etapas puede ser perjudicial.

Ahí está, probablemente, el verdadero problema.

Una idea descriptiva terminó transformándose en una idea prescriptiva.

Ya no es:

“Algunas personas sienten enojo después de una muerte.”

Es:

“Todavía no pasó por la etapa del enojo.”

Ya no es:

“A veces aparece una sensación gradual de aceptación.”

Es:

“Tiene que llegar a la aceptación.”

Y cuando convertimos un modelo en una expectativa, aparece una posibilidad bastante cruel: que una persona no solo esté sufriendo una pérdida, sino que además empiece a creer que está haciendo mal el duelo.


El duelo real es muchísimo menos ordenado


Una de las conclusiones más consistentes de la investigación contemporánea es que existe una variabilidad enorme entre personas.

Importa quién murió.

Importa qué relación existía.

Importa cómo murió.

Importa si hubo posibilidad de despedirse.

Importa la red de apoyo.

Importa la historia previa de la persona.

Importan su cultura, religión, situación económica, contexto familiar y estrategias habituales para enfrentar momentos difíciles.

El Instituto Nacional del Cáncer señala explícitamente que las diferencias individuales, familiares, sociales y culturales influyen en cómo se siente y se expresa el duelo.

El capítulo sobre adultez del texto de psicología que sirve como punto de partida para este artículo hace la misma corrección: las personas no atraviesan de manera confiable una secuencia predecible de etapas y existe una enorme variabilidad en la forma de vivir una pérdida (Myers et al., 2024).

Eso significa que dos personas pueden perder a alguien en circunstancias bastante parecidas y reaccionar de maneras completamente diferentes.

Una puede llorar desde el primer día.

Otra puede sentirse extrañamente anestesiada.

Una puede necesitar hablar de la persona que murió constantemente.

Otra puede no querer hablar durante semanas.

Una puede volver al trabajo rápidamente porque la rutina le hace bien.

Otra puede sentir que durante un tiempo es incapaz de concentrarse en absolutamente nada.

Una puede sentir enojo.

Otra nunca.

Ninguna de esas diferencias, por sí sola, demuestra que alguien esté evitando, reprimiendo o procesando mal una pérdida.


El duelo tampoco avanza en línea recta


Hay una experiencia bastante común que el lenguaje de las “etapas” explica muy mal: sentir que estabas relativamente bien y, de repente, quedar destruido otra vez.

Puede pasar por una canción.

Un olor.

Un cumpleaños.

Una foto que apareció sin aviso.

Una comida.

Una fecha.

Un chiste que esa persona habría entendido.

O nada identificable.

El recurso clínico del Instituto Nacional del Cáncer describe incluso crisis u oleadas de duelo: períodos de dolor particularmente intenso que pueden aparecer frente a recuerdos o fechas significativas, y a veces sin un desencadenante evidente.

Eso es importante porque un modelo lineal puede hacer que una reacción completamente comprensible parezca un retroceso.

“Ya estaba mejor. ¿Por qué estoy así otra vez?”

Pero volver a sentir dolor no significa necesariamente volver atrás.

No hay un tablero en el que perdiste tres casilleros y regresaste a “depresión”.

Una emoción que reaparece sigue siendo una emoción que reaparece.


Un estudio famoso pareció encontrar una secuencia. La historia es más complicada.


Una parte interesante de este debate es que sí existe investigación que encontró ciertos patrones temporales.

Un conocido estudio longitudinal publicado en JAMA siguió a personas después de una muerte y evaluó incredulidad, anhelo, enojo, depresión y aceptación durante los meses siguientes.

Cuando los investigadores analizaron los datos a nivel grupal, algunos indicadores alcanzaron sus máximos en diferentes momentos. Este trabajo se ha citado muchas veces como evidencia a favor de una especie de secuencia.

Pero hay una diferencia enorme entre decir:

“En una muestra, el promedio de ciertas respuestas cambió siguiendo determinado patrón”

y decir:

“Cada persona atraviesa cinco estados internos discretos en ese orden.”

Los promedios de una población no son biografías individuales.

Imaginemos cinco personas: una puede sentir muchísimo enojo desde el principio; otra casi nada; otra puede experimentar enojo recién un año después; otra puede sentir tristeza y alivio simultáneamente; otra puede mantenerse relativamente estable durante todo el proceso.

Promediarlas puede producir una curva muy prolija.

Ninguna de ellas necesariamente vivió esa curva.

La revisión crítica publicada en español en 2024 insiste precisamente en este problema: algunos hallazgos pueden mostrar cambios temporales en distintos componentes del duelo sin demostrar que existan cinco etapas universales y sucesivas.


Tampoco tenés que “sacar todo” para sanar


Las cinco etapas suelen venir acompañadas de otra idea muy instalada culturalmente:

hay que sacar el dolor.

Llorarlo todo.

Hablarlo todo.

Expresarlo todo.

“Desahogarse.”

Y si una persona no lo hace, se supone que el dolor queda acumulado o reprimido hasta explotar más adelante.

La realidad es bastante más compleja.

Hablar puede ayudar muchísimo. Llorar puede aliviar. Contar una historia una y otra vez puede ser exactamente lo que alguien necesita. Los rituales, las conversaciones, recordar a la persona que murió, estar acompañado o trabajar la pérdida en terapia pueden ser profundamente valiosos.

Pero eso no significa que exista una cantidad obligatoria de expresión emocional que haya que expulsar del cuerpo para completar el duelo.

El texto de psicología que inspira este artículo también señala que una expresión especialmente intensa inmediatamente después de una muerte no necesariamente hace que el duelo desaparezca más rápido (Myers et al., 2024).

Y la literatura contemporánea sobre afrontamiento ha cuestionado desde hace décadas la idea de un “trabajo de duelo” universal que todas las personas deban realizar de la misma forma. Los modelos actuales son mucho más flexibles e incluso reconocen que apartar temporalmente la atención de la pérdida puede formar parte de una adaptación saludable.

La conclusión no debería ser “hablar no sirve”.

Debería ser:

hablar no es una obligación.

Hay gente que necesita hablar durante horas. Hay gente que necesita silencio. Hay gente que llora con facilidad. Hay gente que casi nunca llora y, aun así, extraña profundamente. Hay gente que quiere mirar fotos. Hay gente que todavía no puede.

Una respuesta visible no mide cuánto quisiste a alguien.


Quizás el duelo se parece más a una oscilación


Una de las alternativas más influyentes a los modelos de etapas es el Modelo de Proceso Dual del Afrontamiento del Duelo, desarrollado por Margaret Stroebe y Henk Schut.

En lugar de imaginar una escalera, propone algo mucho más dinámico.

Durante el duelo, una persona puede moverse entre dos orientaciones.

Por un lado está la orientación hacia la pérdida.

Ahí aparecen el extrañar, recordar, llorar, pensar en la persona que murió, sentir la ausencia, revisar recuerdos o enfrentarse directamente al dolor.

Por otro lado está la orientación hacia la restauración.

Ahí aparecen las tareas de seguir viviendo: trabajar, reorganizar rutinas, resolver trámites, aprender a hacer cosas que antes hacía la otra persona, retomar relaciones, asumir nuevos roles o simplemente concentrarse durante un rato en algo que no sea la pérdida.

Y entre ambas existe algo fundamental:

oscilación.

La persona va y vuelve.

Puede llorar durante el desayuno y reírse genuinamente durante la cena.

Puede pasar una tarde mirando fotos y al día siguiente no querer pensar en nada relacionado con la muerte.

Puede extrañar a alguien desesperadamente y, cinco minutos después, estar completamente concentrada en pagar una cuenta.

Puede pasarla bien. Después sentirse culpable por haberla pasado bien. Después volver a pasarla bien.

Eso no necesariamente significa que está evitando el duelo.

Puede significar que está viviendo.


Reírte no significa que estabas “en negación”


Esta idea merece una sección propia porque algunos modelos populares de duelo tienen una consecuencia particularmente incómoda: pueden hacer que la resiliencia parezca sospechosa.

Una persona vuelve relativamente rápido a su rutina:

“Está evitando sentir.”

Se ríe:

“Todavía no cayó.”

Sale con amigos:

“Está en negación.”

Puede hablar de quien murió sin quebrarse:

“Lo tiene reprimido.”

Tal vez.

Pero también tal vez no.

Hay personas que mantienen niveles sorprendentemente estables de funcionamiento después de pérdidas importantes. La literatura sobre duelo reconoce la existencia de trayectorias de resiliencia, y la falta de una reacción devastadora y prolongada no debe interpretarse automáticamente como negación o patología.

Los recursos clínicos en español también reconocen que las expresiones del duelo son muy variables y que algunas personas presentan menos malestar observable sin que eso implique una respuesta necesariamente problemática.

El dolor visible no es una prueba de amor.

Y la capacidad de experimentar placer después de una muerte tampoco demuestra que esa persona importara menos.


La cultura también decide qué duelo consideramos “normal”


Hay otro problema con convertir una secuencia emocional en una norma universal:

el duelo no ocurre fuera de la cultura.

Las sociedades tienen distintas formas de llorar a sus muertos, distintos rituales, distintas expectativas sobre cuánto mostrar emocionalmente, distintos tiempos de luto y distintas formas de mantener una relación simbólica con quienes murieron.

El Instituto Nacional del Cáncer incluye explícitamente las creencias culturales y religiosas entre los factores que modifican cómo se siente y se expresa el duelo.

La literatura latinoamericana sobre rituales funerarios también muestra hasta qué punto la muerte y el duelo tienen una dimensión colectiva, simbólica y cultural, y cómo los rituales pueden cumplir funciones sociales y psicológicas para una comunidad.

Eso debería hacernos desconfiar de cualquier teoría que pretenda decir que existe una única secuencia emocional correcta para toda la humanidad.

Una persona puede pertenecer a una tradición donde llorar públicamente es esperado y sostenido por toda la comunidad.

Otra puede venir de una familia donde mostrar dolor casi no ocurre.

Una puede mantener rituales, objetos, fotografías o conversaciones continuas con la persona que murió.

Otra puede necesitar distancia.

Las formas culturales de sostener una pérdida no son detalles decorativos alrededor del duelo.

Son parte del duelo.


El duelo no tiene que ser un trastorno para merecer apoyo


Hay una diferencia importante entre patologizar el duelo y reconocer que una pérdida significativa puede beneficiarse enormemente de acompañamiento psicológico.

Que una reacción sea comprensible frente a una muerte no significa que la persona tenga que atravesarla sola.

La psicoterapia puede ofrecer un espacio para hablar de la relación con quien murió, procesar circunstancias particularmente difíciles de la muerte, trabajar sentimientos de culpa o enojo, comprender cambios en la identidad y los vínculos, reorganizar la vida cotidiana y encontrar maneras de integrar la ausencia sin quedar paralizado por ella.

Y nada de eso requiere que exista un diagnóstico.

El duelo puede ser profundamente doloroso sin constituir un trastorno mental. Al mismo tiempo, no hace falta esperar a que el sufrimiento se vuelva incapacitante para buscar ayuda.

Los modelos contemporáneos de duelo permiten alejarnos de dos extremos: pensar que toda reacción dolorosa es patológica, o asumir que, porque el duelo es una experiencia humana, una persona simplemente tiene que aguantar hasta que pase.

El apoyo puede tomar distintas formas: vínculos familiares y comunitarios, rituales, grupos de duelo, acompañamiento espiritual cuando tiene sentido para la persona y, por supuesto, psicoterapia.

Qué tipo de apoyo resulta más útil depende de la persona, de la pérdida y de su contexto.

Lo importante es que pedir ayuda no significa estar haciendo mal el duelo.


Cuando el duelo se vuelve persistente e incapacitante


Reconocer que el duelo es una respuesta humana no significa que cualquier nivel de sufrimiento deba ignorarse indefinidamente bajo la idea de que “es normal estar mal”.

Para algunas personas, la pérdida da lugar a un cuadro intenso, persistente y profundamente incapacitante.

Hoy existe un diagnóstico formal llamado trastorno por duelo prolongado.

La CIE-11 de la Organización Mundial de la Salud lo incluye bajo el código 6B42, dentro de los trastornos específicamente asociados con el estrés.

El DSM-5-TR también incorporó el trastorno por duelo prolongado. En adultos, requiere que hayan pasado al menos 12 meses desde la muerte y que exista una respuesta persistente caracterizada por anhelo intenso o preocupación por la persona que murió, junto con otros síntomas y un deterioro clínicamente significativo. Además, el diagnóstico debe considerar si la duración y gravedad del duelo exceden lo esperable dentro del contexto social, cultural o religioso de la persona.

Esto plantea una pregunta bastante distinta de:

“¿Ya llegó a aceptación?”

Las preguntas clínicamente relevantes son más bien:

¿Cuánto está sufriendo esta persona?

¿Cómo está afectando la pérdida su vida cotidiana?

¿Qué cambió desde la muerte?

¿Está pudiendo vincularse, cuidarse y sostener aspectos básicos de su vida?

¿Necesita más apoyo del que tiene actualmente?

Esas preguntas sirven bastante más que identificar una supuesta etapa.


Entonces, ¿las cinco etapas no sirven para nada?


No necesariamente.

Una teoría puede ser limitada y aun así ofrecer palabras útiles.

Alguien puede leer sobre el enojo y pensar:

Ah. Eso es lo que estoy sintiendo.

Otra persona puede reconocer la negociación en pensamientos como:

“Si hubiera llamado antes…”

“Si hubiese insistido en que fuera al médico…”

“Si yo hubiera hecho algo distinto…”

Otra puede encontrar consuelo en la palabra aceptación para describir el momento en que logra reconocer la realidad de una muerte sin que eso signifique dejar de extrañar.

Un vocabulario puede ayudar.

Lo que no debería hacer es convertirse en una prueba.

El problema no es decir:

“Estas experiencias pueden aparecer.”

El problema es decir:

“Estas experiencias tienen que aparecer, en este orden, y si no aparecen algo está mal.”

Stroebe, Schut y Boerner son especialmente claros en este punto: el modelo de etapas no debería presentarse a las personas en duelo como una secuencia que necesitan atravesar para adaptarse a una pérdida.


No hay un examen final del duelo


No existe un momento universal en el que alguien completa correctamente el proceso.

No tenés que terminar de estar enojado para empezar a aceptar. No hay una cantidad determinada de lágrimas que demuestre que procesaste una pérdida. No tenés que dejar de hablar de alguien porque pasó cierto tiempo, ni significa que estés retrocediendo si un aniversario, una canción o una fotografía vuelven a doler muchísimo.

Tampoco existe una contradicción entre extrañar profundamente a alguien y seguir viviendo. Poder reírte, trabajar, entusiasmarte con algo o disfrutar nuevamente de partes de tu vida no borra la pérdida. Y necesitar acompañamiento psicológico tampoco significa que algo haya salido mal: no hace falta esperar a que el duelo se vuelva insoportable para buscar un espacio donde atravesarlo acompañado.

Eso es, quizás, lo que los modelos contemporáneos del duelo permiten entender mejor. No reemplazaron las cinco etapas por otra lista obligatoria. En cambio, describen un proceso mucho más variable: momentos de acercamiento y distancia del dolor, cambios en la intensidad de las emociones, períodos de estabilidad, nuevas responsabilidades, recuerdos que vuelven, vínculos que se transforman y distintas maneras de incorporar una ausencia a la vida que continúa.

Por eso, el principal problema de las cinco etapas no es que palabras como negación, enojo o aceptación no puedan describir experiencias reales. Pueden hacerlo. El problema aparece cuando esas palabras dejan de ser posibilidades y se convierten en instrucciones.

Tal vez ahí haya algo del legado de Kübler-Ross que vale mucho más la pena conservar que la famosa lista. Su trabajo surgió, en parte, de insistir en que las personas enfrentadas a la muerte merecían ser escuchadas en lugar de ser reducidas a lo que otros suponían que debían sentir.

Más de medio siglo después, la investigación sobre duelo nos devuelve a una idea sorprendentemente parecida:

no deberíamos empezar por decirle a una persona cómo se supone que tiene que vivir una pérdida. Deberíamos empezar por escuchar cómo la está viviendo.

En vez de preguntar:

“¿En qué etapa estás?”

quizás conviene empezar por algo mucho más simple:

“¿Cómo está siendo esto para vos?”



Referencias y recursos en español

Sierra Duque, C. H. (2024). Las etapas del duelo en el siglo XXI: una revisión crítica de su origen, evidencia y uso actual. Revisión en español centrada específicamente en la evidencia detrás del modelo de las cinco etapas y los riesgos de usarlo como una secuencia normativa.

Stroebe, M., Schut, H., & Boerner, K. (2017). Modelos de afrontamiento en duelo: un resumen actualizado. Estudios de Psicología, 38(3), 593–607. Revisión académica disponible en español que cuestiona explícitamente el modelo de etapas y presenta enfoques contemporáneos del duelo.

Instituto Nacional del Cáncer. Aflicción, duelo y manejo de la pérdida (PDQ): versión para profesionales de salud. Recurso clínico extenso en español sobre duelo común, modelos teóricos, diferencias individuales, cultura, duelo prolongado e intervenciones. Consultar el recurso profesional en español

Instituto Nacional del Cáncer. Aflicción, duelo y pérdida: versión para pacientes. Recurso más accesible sobre reacciones frecuentes, variabilidad, diferencias culturales y cuándo podría ser útil buscar tratamiento. Consultar el recurso para pacientes

Parro-Jiménez, E., Morán, N., Gesteira, C., Sanz, J., & García-Vera, M. P. (2021). Duelo complicado: una revisión sistemática de la prevalencia, diagnóstico, factores de riesgo y de protección en población adulta de España. Anales de Psicología, 37(2), 189–202. DOI: 10.6018/analesps.37.2.443271.

Organización Mundial de la Salud. CIE-11. Incluye el trastorno por duelo prolongado (6B42) dentro de los trastornos específicamente asociados con el estrés.

Kübler-Ross, E. Sobre la muerte y los moribundos. Edición en español de la obra histórica que dio origen a las categorías posteriormente popularizadas como las cinco etapas.

Kübler-Ross, E., & Kessler, D. (2006). Sobre el duelo y el dolor. Barcelona: Luciérnaga. Esta obra posterior aplica explícitamente las cinco categorías al duelo después de la muerte de una persona querida.

Myers, D. G., DeWall, C. N., & Gruber, J. (2024). Psychology (14.ª ed.). Macmillan Learning. Capítulo 5, módulo sobre adultez. Fuente base de PsyMosaïque para la discusión sobre variabilidad en el duelo, ausencia de etapas predecibles universales y límites de la idea de “purgar” el dolor mediante expresión emocional intensa.

 
 
 

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