Tu memoria no es una grabación. Cada vez que recordás algo, podrías estar reescribiéndolo.

Pensá en un recuerdo que conocés casi de memoria.
Una pelea que todavía podés reconstruir palabra por palabra. Una tarde de tu infancia. El momento exacto en que alguien te dio una noticia. Una relación que terminó mal. Una escena familiar que contaste tantas veces que ya casi parece una película.
Cuando la recordás, probablemente se siente como si estuvieras accediendo a algo que ya estaba guardado.
Pasó una vez. Tu cerebro lo almacenó. Ahora abrís el archivo y lo reproducís.
El problema es que la memoria humana no parece funcionar así.
Una comparación bastante más adecuada sería pensar en una página de Wikipedia: hay información que permanece durante años, otra que desaparece, datos que se agregan, interpretaciones que cambian y versiones anteriores que, con el tiempo, se vuelven difíciles de distinguir de la actual.
La investigación contemporánea entiende la memoria como un sistema dinámico y reconstructivo, no como una reproducción literal del pasado. Investigadoras argentinas han descrito la memoria desde una perspectiva neurobiológica precisamente como una propiedad dinámica y adaptativa del sistema nervioso: recuperar información del pasado participa en la construcción de nuevas memorias y puede modificar lo que queda almacenado.
Y existe un fenómeno que lleva esta idea todavía más lejos.
Se llama reconsolidación de la memoria.
Bajo determinadas condiciones, recuperar un recuerdo que ya estaba consolidado puede volverlo temporalmente modificable. Durante esa ventana, la memoria puede incorporar información, fortalecerse, debilitarse o cambiar antes de estabilizarse otra vez.
Eso no significa que cada vez que pensás en tu infancia inventás una infancia nueva.
Significa algo bastante más interesante:
recordar el pasado también es un acontecimiento que ocurre en el presente.
Y a veces el presente deja su marca.
Primero, el cerebro tiene que estabilizar lo que pasó
Una experiencia no se transforma instantáneamente en una memoria permanente.
Después del aprendizaje ocurre un conjunto de procesos conocidos como consolidación, durante los cuales una representación inicialmente inestable se vuelve progresivamente más resistente.
Durante mucho tiempo, una manera intuitiva de entender este proceso fue imaginar que, una vez consolidado el recuerdo, la historia terminaba ahí.
El recuerdo quedaba guardado.
Después podíamos recuperarlo, pero recuperar y almacenar eran procesos diferentes.
La investigación sobre reconsolidación obligó a revisar esa idea.
En Argentina existe una línea especialmente importante de investigación sobre este fenómeno. El Laboratorio de Neurobiología de la Memoria de UBA-CONICET lleva años estudiando qué ocurre cuando una memoria ya consolidada es evocada nuevamente, tanto en modelos animales como en memoria declarativa humana. Actualmente, María Eugenia Pedreira dirige investigaciones específicamente orientadas a caracterizar los cambios posteriores a la evocación de memorias de amenaza en humanos.
En términos generales, estos trabajos muestran que una memoria consolidada puede pasar nuevamente por un período de labilización: deja temporalmente de comportarse como una estructura completamente estable y necesita volver a estabilizarse.
Esa nueva estabilización es la reconsolidación.
En estudios con participantes humanos realizados en Buenos Aires, Cecilia Forcato, María Rodríguez y María Eugenia Pedreira encontraron que procesos repetidos de labilización y reconsolidación podían incluso fortalecer una memoria declarativa. Otros experimentos del mismo grupo mostraron que propiedades como la antigüedad y la fuerza de la memoria afectan la facilidad con la que puede volver a modificarse.
La memoria, entonces, no queda necesariamente congelada después de su primera consolidación.
Puede volver a entrar al taller.
Pero no: recordar algo no significa automáticamente reescribirlo
Acá aparece una de esas frases de divulgación científica que son demasiado buenas como para ser completamente ciertas:
“Cada vez que recordás algo, lo reescribís.”
Es pegadiza.
También es una simplificación.
Los experimentos del grupo UBA-CONICET muestran precisamente que evocación y reconsolidación no son lo mismo. No todo acto de recuperación hace que la memoria se vuelva lábil. Hay condiciones que limitan el proceso: la antigüedad del recuerdo, su fuerza, las características del recordatorio y la manera en que se reactiva pueden determinar qué ocurre después.
Uno de los factores que parece especialmente relevante es el error de predicción.
En términos sencillos, es la diferencia entre lo que esperabas que ocurriera y lo que efectivamente ocurre.
Rodrigo Fernández, Mariano Boccia y María Eugenia Pedreira, investigadores argentinos, revisaron la relación entre estos errores de predicción y la reconsolidación. La idea general es que una discrepancia entre la información almacenada y la experiencia actual puede funcionar como una señal: hay algo en esta memoria que necesita actualizarse.
Tiene bastante sentido desde un punto de vista adaptativo.
Si aprendiste que una determinada situación es peligrosa y años después descubrís que ya no lo es, un sistema de memoria completamente rígido sería un desastre.
Necesitás conservar lo aprendido.
Pero también necesitás poder corregirlo.
La memoria tiene que resolver permanentemente una tensión entre dos necesidades:
estabilidad y actualización.
Y mucho antes de hablar de reconsolidación, ya sabíamos que recordar era reconstruir
La reconsolidación es un proceso neurobiológico específico.
La reconstrucción de la memoria es una idea más amplia.
No conviene confundirlas.
Incluso cuando no podemos afirmar que haya ocurrido una reconsolidación del rastro mnésico, el acto consciente de recordar sigue siendo reconstructivo.
Una revisión realizada por Joselyne Nájera Fernández, Mónica Salazar Villanea y Jaime Fornaguera Trías, de la Universidad de Costa Rica, resume algo fundamental sobre la memoria autobiográfica: cuando recordamos, no necesariamente recuperamos una representación intacta del episodio. Reconstruimos el recuerdo utilizando información sobre períodos de nuestra vida, acontecimientos generales, detalles específicos, nuestras metas actuales y nuestra propia imagen de quiénes somos.
Eso explica por qué un recuerdo puede sentirse absolutamente auténtico y, aun así, contener imprecisiones.
La sensación subjetiva de “me acuerdo perfectamente” no nos permite inspeccionar de dónde salió cada componente.
No existe una marca visible que diga:
Este detalle fue percibido en 2007.
Este lo agregó tu hermana cuando contó la historia en 2012.
Este lo inferiste.
Este aparece en una foto que viste cien veces.
Este probablemente nunca ocurrió.
Todo llega junto.
Y lo experimentamos simplemente como:
un recuerdo.
Los falsos recuerdos no son una rareza clínica
En español se utilizan tanto falsos recuerdos como memorias falsas.
Y no estamos hablando necesariamente de delirios, enfermedades neurológicas o personas que “se inventan cosas”.
Las memorias falsas pueden surgir durante el funcionamiento normal de la memoria.
Ambrocio Mojardín Heráldez, investigador de la Universidad Autónoma de Sinaloa, distingue entre dos grandes vías: las memorias falsas implantadas, que reciben influencia de información externa, y las espontáneas, que pueden generarse por procesos internos como asociaciones e inferencias.
Esto último es particularmente interesante.
No necesitás que alguien te engañe para recordar algo incorrectamente.
A veces el cerebro hace exactamente lo que suele hacer bien —buscar significado, completar patrones, conectar información relacionada— y produce una respuesta incorrecta como efecto secundario.
La memoria no almacena solamente una lista absurda de detalles.
Extrae relaciones.
Categoriza.
Interpreta.
Completa.
Y eso normalmente es extremadamente útil.
Si ayer fuiste a cenar con alguien, no necesitás recordar la posición exacta de cada vaso, cada frase literal y el número de segundos entre plato y plato para conservar una representación útil de la noche.
El cerebro conserva una historia.
El problema aparece cuando algo que encaja perfectamente en la historia se confunde con algo que realmente ocurrió.
Una memoria falsa puede sentirse igual de real
Esta probablemente sea una de las partes más incómodas.
Uno podría imaginar que una memoria incorrecta se siente más borrosa.
Menos convincente.
Como una sospecha.
No necesariamente.
La revisión mexicana de Mojardín señala justamente que la expresión de las memorias falsas puede parecerse muchísimo a la de memorias verdaderas. Y en investigaciones españolas, Antonio Manzanero encontró que muchas de las características utilizadas intuitivamente para decidir si un relato “parece real” no permiten discriminar de manera fiable entre recuerdos autobiográficos de diferente origen.
En su estudio sobre memorias autobiográficas falsas, Manzanero comparó relatos asociados a un acontecimiento observado con relatos construidos bajo otras instrucciones. Características como la longitud, la presencia de información sensorial o contextual, las dudas, las correcciones espontáneas y las explicaciones no ofrecieron una frontera sencilla entre lo verdadero y lo falso.
Es decir:
un recuerdo falso no necesariamente “suena falso”.
Y quien lo cuenta tampoco necesariamente está mintiendo.
Mentir implica saber que una afirmación es falsa.
Recordar erróneamente implica creer que es verdadera.
Son problemas completamente distintos.
También podemos incorporar información que apareció después
Imaginá que vos y otra persona presenciaron un accidente.
Después hablan.
La otra persona dice:
—El auto azul fue el que cruzó primero.
Vos no recordabas bien el color.
Pero su versión tiene sentido.
Días después alguien te pregunta qué ocurrió y respondés:
—El auto azul cruzó primero.
¿Recordaste su comentario?
¿O recordaste haber visto el auto azul?
Con el tiempo, distinguir esas dos fuentes puede volverse difícil.
Esto es justamente una de las grandes preocupaciones de la psicología del testimonio: la información posterior al acontecimiento puede contaminar el informe que una persona produce posteriormente.
En España, los trabajos sobre memoria de testigos han insistido durante décadas en factores como el paso del tiempo, las recuperaciones repetidas, las preguntas formuladas y la incorporación de información posterior como fuentes potenciales de distorsión.
Y esto no se limita a escenas policiales.
Las conversaciones cotidianas también pueden convertirse en parte de nuestros recuerdos.
Tu familia participa en la edición
Hay recuerdos infantiles que probablemente conocés porque te los contaron.
Tal vez también tenés una imagen mental.
Te ves ahí.
Sabés cómo era la casa.
Quién estaba.
Qué hiciste.
Pero ¿cuánto recordás directamente y cuánto reconstruiste después?
Una fotografía puede aportar información.
Una anécdota repetida por tu mamá puede aportar otra.
La versión de un hermano puede agregar un detalle.
Y cada nueva recuperación puede apoyarse sobre todo eso.
La revisión costarricense sobre memoria autobiográfica destaca precisamente que la memoria personal no existe aislada de nuestras creencias, objetivos e influencias socioculturales. Los recuerdos se construyen dentro de una historia autobiográfica que debe mantener cierto grado de coherencia con quien creemos ser actualmente.
Así que aquel recuerdo extraordinariamente vivo de vos a los cuatro años puede contener una mezcla de:
experiencia original + relatos familiares + fotos + conocimiento posterior + inferencias + imaginación.
Eso no significa que sea “falso”.
Quizás la mayor parte ocurrió exactamente así.
El problema es que la conciencia no nos entrega un inventario de los ingredientes.
Y esto se pone especialmente interesante en las relaciones
Pensá en una relación que terminó mal.
Mientras estabas enamorado, quizá recordabas determinados episodios como pruebas de cariño:
Siempre estaba pendiente de mí.
Después de una traición, los mismos años pueden reorganizarse:
Ahora entiendo que siempre fue controlador.
O puede suceder lo contrario.
Después de una reconciliación, comportamientos que durante una pelea parecían insoportables pueden empezar a parecer excepcionales o circunstanciales.
Esto no implica necesariamente falsificación deliberada.
Las investigaciones sobre memoria autobiográfica muestran que nuestras metas, emociones y concepciones actuales del yo intervienen en la manera en que reconstruimos el pasado. La memoria autobiográfica no es una cronología independiente del presente; participa en la construcción de identidad y coherencia personal.
Por eso una frase como:
“Yo siempre supe que esto iba a terminar así”
merece, por lo menos, un poco de sospecha.
Quizás sí.
Pero también puede ser que hoy conozcas el final y estés reconstruyendo el comienzo desde ahí.
Dos personas pueden recordar una pelea de manera incompatible y ninguna estar mintiendo
Esto es importantísimo.
Persona A:
“Me gritaste.”
Persona B:
“No te grité. Levanté la voz porque vos estabas gritándome.”
Meses después, ambos pueden estar completamente convencidos.
Uno reconstruye la escena alrededor de la sensación de haber sido atacado.
El otro alrededor de la sensación de haberse defendido.
Después cada uno repite su versión.
Habla con otras personas.
Recuerda determinados fragmentos.
Interpreta otros.
Nada de esto nos permite concluir que ambas versiones sean igualmente correctas.
Los hechos no se vuelven relativos porque la memoria sea reconstructiva.
Alguien puede estar más cerca de lo que pasó.
Incluso puede existir una grabación que resuelva la discusión.
Lo que la ciencia de la memoria cuestiona es otra equivalencia:
estar sinceramente convencido ≠ necesariamente tener razón.
Y eso se aplica a los demás.
Pero también a nosotros.
“Estoy completamente seguro” no es una prueba
Este problema se vuelve mucho más grave cuando un recuerdo decide quién termina preso.
La psicóloga española Izaskun Ibabe estudió la relación entre confianza y exactitud en testigos. Su revisión de la literatura mostró que la seguridad expresada por una persona no funciona como una garantía simple de que su recuerdo sea correcto; la relación depende de condiciones metodológicas y de las características de la situación y la prueba de memoria.
En otro estudio español, Malen Migueles y Elvira García-Bajos encontraron algo especialmente inquietante: cuando los participantes respondían sobre un acontecimiento, podían aceptar información falsa que nunca había aparecido en él y hacerlo con una confianza considerable.
La lección no debería convertirse en el nuevo eslogan simplista de que “la confianza no significa nada”.
Significa que la confianza no constituye, por sí sola, evidencia independiente de exactitud.
Importa cómo se obtuvo el recuerdo, cuándo se evaluó, qué ocurrió entre el acontecimiento y la declaración y qué otras fuentes de información existen.
Desde el derecho chileno también se ha insistido en distinguir la apariencia de credibilidad de la fiabilidad objetiva del contenido. María de los Ángeles González-Coulon señala que características como la seguridad, los gestos, la manera de hablar o la coherencia aparente pueden hacer que un testigo resulte convincente sin demostrar que su declaración corresponde a los hechos.
Podés creerle absolutamente a alguien.
Y esa persona puede creer absolutamente en su propia versión.
Eso todavía no produce una grabación del pasado.
Los recuerdos traumáticos tampoco vienen con certificado de exactitud
Este tema requiere bastante cuidado.
Cuando alguien descubre que la memoria puede distorsionarse, es muy fácil dar un salto completamente injustificado hacia:
“Entonces los recuerdos de trauma no son confiables.”
No.
La falibilidad es una propiedad de la memoria humana en general.
No una característica especial de las personas traumatizadas.
Antonio Manzanero ha estudiado específicamente recuerdos autobiográficos de acontecimientos traumáticos. Su revisión señala que, tomados en conjunto, estos recuerdos no constituyen una categoría mágica completamente separada del resto de la memoria autobiográfica. Pueden ser muy vívidos y emocionalmente intensos y, al mismo tiempo, verse afectados por el paso del tiempo, las múltiples recuperaciones y la reconstrucción.
Además, vivir algo extremadamente impactante no significa necesariamente haber procesado cada detalle perfectamente.
En acontecimientos de gran activación emocional, la atención puede concentrarse en ciertos aspectos centrales mientras otros elementos periféricos reciben menos procesamiento.
Una persona puede, por ejemplo, recordar con enorme claridad:
“Estaba aterrorizada.”
y no recordar correctamente:
“La camisa era verde.”
Eso no invalida automáticamente el acontecimiento central.
Tampoco significa que el detalle incorrecto deba considerarse verdadero simplemente porque la emoción es intensa.
Las dos cosas pueden coexistir.
Y acá la terapia tiene una responsabilidad enorme
La terapia trabaja constantemente con memoria.
La gente cuenta su infancia.
Relaciones.
Pérdidas.
Traumas.
Vergüenzas.
Conversaciones.
Sueños.
Experiencias que no había pensado en años.
Eso no convierte a la terapia en una fábrica de recuerdos falsos.
Pero sí significa que la manera de preguntar importa muchísimo.
Antonio Capafons, de la Universitat de València, y Giuliana Mazzoni revisaron los riesgos relacionados con técnicas sugestivas, particularmente cuando el terapeuta parte de una creencia previa sobre lo que “debe” haber ocurrido y utiliza hipnosis, regresión, interpretación o preguntas orientadas a encontrar ese acontecimiento.
Hay una diferencia enorme entre:
“¿Qué recordás de esa época?”
y:
“¿Puede ser que alguien te haya hecho algo y lo hayas reprimido?”
En la segunda pregunta ya existe una hipótesis incorporada.
Si después se utilizan imaginación reiterada, interpretaciones y confirmación del terapeuta, esa hipótesis puede ganar familiaridad.
Y la familiaridad puede empezar a sentirse como memoria.
Por eso un abordaje responsable no debería asumir que el trabajo terapéutico consiste en descubrir una película escondida intacta en algún rincón de la mente.
La memoria no funciona como una caja fuerte.
Pero tampoco significa que un recuerdo aparecido tarde sea automáticamente falso
Acá también hay que evitar el extremo contrario.
Una persona puede no haber pensado conscientemente en una experiencia durante muchísimo tiempo y recordarla después.
Eso, por sí solo, no demuestra ni su verdad ni su falsedad.
El problema aparece cuando intentamos utilizar la sensación subjetiva del recuerdo como prueba histórica.
Puede ser intensísimo.
Puede producir llanto.
Puede tener imágenes.
Puede sentirse inequívocamente verdadero.
Pero esas características no funcionan como una máquina independiente de verificación.
La investigación de Manzanero sobre relatos autobiográficos de distintos orígenes muestra justamente la dificultad de establecer autenticidad a partir de características fenomenológicas aisladas del relato.
En terapia, entonces, puede ser útil separar dos preguntas:
¿Qué significa esta experiencia para vos?
y
¿podemos establecer exactamente qué ocurrió históricamente?
A veces tenemos información suficiente para responder ambas.
A veces no.
Y no es necesario inventar certeza donde no la hay para que un recuerdo, una imagen o un temor sean clínicamente relevantes.
Entonces, ¿la terapia puede modificar recuerdos?
En algún sentido amplio, claro que puede modificar cómo pensamos y sentimos acerca de ellos.
Pero afirmar que una terapia particular “reescribe” una memoria mediante reconsolidación es una afirmación neurobiológica mucho más específica.
Y ahí conviene ser prudentes.
Los trabajos de Fernández, Bavassi, Forcato y Pedreira muestran que las condiciones que permiten poner en marcha la reconsolidación son complejas y variables. La edad de una memoria, su fuerza y las características exactas de su reactivación modifican el proceso. Los propios investigadores señalan el interés terapéutico potencial de estos hallazgos, pero también la importancia de comprender esas condiciones antes de trasladarlos directamente a intervenciones clínicas.
En otras palabras:
que una terapia produzca una experiencia emocional nueva mientras recordás algo no demuestra automáticamente que haya modificado el rastro de memoria mediante reconsolidación.
Puede haber aprendizaje nuevo.
Cambio de interpretación.
Extinción de una respuesta.
Reevaluación.
Regulación emocional.
Narrativa.
Reconsolidación.
O una combinación de procesos.
La palabra suena increíblemente atractiva en marketing terapéutico.
La neurociencia real es bastante menos prolija.
¿Por qué el cerebro tendría un sistema tan poco confiable?
Porque quizás estamos haciéndole la pregunta equivocada.
La memoria no evolucionó para funcionar como prueba judicial.
No tenía que producir una transcripción exacta para un abogado veinte años después.
Tenía que ayudarnos a aprender.
Reconocer patrones.
Predecir peligro.
Encontrar comida.
Relacionarnos.
Mantener vínculos.
Evitar errores.
Modificar conductas cuando cambia el ambiente.
La revisión argentina de Ruetti, Justel y Bentosela describe la memoria precisamente como un mecanismo que permite utilizar información previa para adaptarnos a situaciones futuras.
Desde esa perspectiva, la capacidad de actualizar recuerdos deja de parecer una falla absurda.
Imaginá un animal que aprende:
este lugar es peligroso.
Si el ambiente cambia, necesita actualizar ese conocimiento.
O una persona que aprende:
mi papá siempre viene a buscarme.
Después ocurre algo que contradice esa expectativa.
La información antigua sigue importando, pero la predicción necesita modificarse.
Una memoria completamente inmutable sería extraordinaria como archivo.
Y bastante mala para vivir.
La memoria conserva el pasado precisamente porque puede usarlo en el presente
Hay algo paradójico acá.
Muchas de las características que hacen vulnerable a la memoria también hacen posible que sea útil.
Generalizamos porque necesitamos aplicar lo aprendido a situaciones nuevas.
Reconstruimos porque no podemos almacenar cada elemento de cada segundo vivido.
Integramos información porque nuestros conocimientos tienen que crecer.
Actualizamos porque el mundo cambia.
Construimos narrativas porque necesitamos conectar experiencias separadas en el tiempo.
La revisión costarricense incluso plantea que algunas distorsiones de la memoria autobiográfica pueden cumplir funciones adaptativas al contribuir a una representación relativamente coherente del propio yo y de nuestra historia.
No significa que los errores sean buenos.
Significa que probablemente sean, en parte, el costo de tener una memoria flexible.
Entonces, ¿qué hacemos con nuestros propios recuerdos?
No vivir dudando de todos.
Tampoco tratar cada recuerdo como una evidencia notarial.
Podemos adoptar algo mucho más razonable:
humildad epistemológica.
Si un detalle realmente importa, buscá evidencia independiente.
Mensajes.
Fotos.
Documentos.
Grabaciones.
Fechas.
Testigos que no hayan estado intercambiando versiones durante años.
Cuando le preguntes a alguien por un acontecimiento, preferí preguntas abiertas antes que preguntas que ya contengan la respuesta.
Prestá atención a la diferencia entre:
“recuerdo que…”
y
“sé que…”
A veces sabemos cosas de nuestra infancia porque nos las contaron, aunque ya las sintamos como parte de nuestra biografía.
Y en una discusión interpersonal puede ser mucho más preciso decir:
“Yo lo recuerdo así.”
que:
“Eso es exactamente lo que pasó.”
La primera frase no renuncia a tu versión.
Simplemente reconoce qué tipo de instrumento estás utilizando para acceder al pasado.
Una memoria humana.
Tu memoria no guarda solamente lo que pasó
Guarda fragmentos.
Significados.
Emociones.
Asociaciones.
Información incorporada después.
Versiones recuperadas anteriormente.
La persona que eras cuando ocurrió algo participa en la memoria.
Pero también participa la persona que sos ahora.
Eso explica por qué algunos recuerdos cambian cuando cambia su significado.
Por qué una experiencia que parecía insignificante adquiere otra forma después.
Por qué dos hermanos pueden recordar infancias incompatibles.
Por qué alguien puede estar profundamente equivocado y profundamente convencido al mismo tiempo.
Y también explica por qué podemos aprender de una experiencia sin quedar atrapados para siempre en la primera versión que nuestro cerebro construyó de ella.
La memoria no es un video.
No apretamos play.
Reconstruimos.
Y, bajo determinadas condiciones, la propia memoria almacenada puede volver a abrirse a modificaciones antes de estabilizarse otra vez.
Por eso el pasado que llevamos dentro no es una grabación congelada.
Es más parecido a un mosaico.
Muchas piezas permanecen.
Algunas se pierden.
Otras cambian de lugar.
Y cada vez que volvemos a mirarlo, lo hacemos desde un presente diferente.
Fuentes y lecturas
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Forcato, C., Fernández, R. S., & Pedreira, M. E. (2013). The role and dynamic of strengthening in the reconsolidation process in a human declarative memory: What decides the fate of recent and older memories? PLoS ONE, 8(4), e61688. DOI: 10.1371/journal.pone.0061688.
Ruetti, E., Justel, N., & Bentosela, M. (2009). Perspectivas clásicas y contemporáneas acerca de la memoria. Suma Psicológica, 16(1), 65–83. Investigación de CONICET-UBA publicada en Colombia.
Nájera Fernández, J., Salazar Villanea, M., & Fornaguera Trías, J. (2018). La fragilidad de la memoria: creencias falsas y memoria autobiográfica, una revisión preliminar. Universitas Psychologica, 17(4). DOI: 10.11144/Javeriana.upsy17-4.fmcf. Universidad de Costa Rica.
Mojardín Heráldez, A. (2008). Origen y manifestaciones de las falsas memorias. Acta Colombiana de Psicología, 11(1), 37–43. Universidad Autónoma de Sinaloa, México.
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Migueles, M., & García-Bajos, E. (2001). Confianza y exactitud en la memoria de testigos vs. conocimientos generales. Estudios de Psicología, 22(3), 259–271.
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